Gitanos en Chivilcoy y el recuerdo del poeta Francisco Palmentieri (1907 – 1933).

El oso, de la compañía de gitanos, bailando al compás de la pandereta, por las calles del Chivilcoy de ayer, en las décadas de 1920 y 1930…

La página evocativa de la fecha, nos trae hoy, el lejano y perdido recuerdo, de la llamativa y casi insólita presencia, aquí, en nuestra ciudad, durante las décadas de 1920 y 1930, de algunos grupos o compañías de gitanos, los cuales, con su imagen exótica, su particular hechizo y encanto y sus aires de mágico misterio, solían recorrer, las calles de Chivilcoy. Las mujeres, que lucían largas trenzas, vestidos de múltiples colores y sandalias, adivinaban la suerte futura, del interesado en dicha consulta, leyendo la palma de las manos, y junto a ellas, marchaban los varones, quienes ejecutaban diversos instrumentos musicales, efectuaban pruebas de distracción o entretenimiento, delante del público, y se hallaban acompañados, por un enorme oso, danzando al ritmo, de una sonora pandereta. El joven y malogrado poeta y periodista chivilcoyano, Francisco Ernesto Palmentieri, nacido en 1907, y fallecido, de un modo prematuro, el 7 de febrero de 1933, rememoraba a esos inolvidables gitanos, en un sentido y bello poema – seguramente, lo mejor de su producción artística -, titulado: “Gitanilla”: Gitana, gitanilla, andariega de pueblos. Aún recuerdo aquel oso danzando en mis calles, al compás del pandero. La gente aplaudía la gracia del oso, los chicos formaban cortejo. De pronto, fijaste tus ojos cansados, en los míos enfermos. ¿Aún lo recuerdas, gitana, en tu andanza? Yo sí, que recuerdo: tus dientes muy blancos, muy blancos, tus ojos muy negros, muy negros. Y mirándome siempre en los ojos, – ¿La buena ventura? – preguntaste, y a un tiempo, tomando mi mano, leíste en su palma, no sé qué misterio. – Gitana responde, errabunda, responde, – Te dije con ira y con miedo. Mi mano soltaste, piadosa andariega, diciéndome triste: – ¡Silencio!… ¡Silencio!… Aplacando mi ira, aumentándome el miedo, porque algo sentí, que arañábame el alma, porque algo sentí, que en mi pecho había muerto. Y luego seguiste tu marcha, de loca andariega, – con oso y pandero -, llevándote ilusiones y esperanzas, de mis noches azules de bohemio, en las monedas turcas de tus trenzas, en el embrujo de tus ojos negros, en los trapos violentos de tu traje, en las sandalias de tus pies morenos. Después, te vi alejar, bailando tu oso, por las calles desiertas de mi pueblo. Yo me quedé cohibido, mirándome las manos, que como el pecho estaban, cargadas de silencio… ¡Cargadas de silencio! ¡Cargadas de silencio! Dicho poema, apareció publicado, en las páginas 39 y 40, del libro “Albores líricos”, editado por Francisco Ernesto Palmentieri, quien utilizaba el seudónimo de Ernesto Palmas, en el año 1930. Espíritu soñador y romántico, dueño de una sutil inspiración, y una profunda y fervorosa vena creativa, Francisco Ernesto Palmentieri, supo incursionar en el terreno periodístico, fundando, redactando y dirigiendo, junto a su amigo, el gran poeta gauchesco Boris Elkin (1905 – 1952), el semanario gráfico, social y literario “Notas”, cuyo primer número, data del 12 de noviembre de 1931. En dicha revista, Palmentieri, escribió distintos artículos, de índole costumbrista y localista, sobre diferentes lugares y rincones geográficos, de Chivilcoy. También, fue autor de textos de narrativa, inéditos: relatos y novelas, que infortunadamente, se extraviaron y destruyeron, tras su temprana desaparición física, a los 25 años de edad. ¿Acaso, de haber sido verdadera, la experiencia personal, con la gitana, de Francisco Ernesto Palmentieri, habrá leído ésta, en su mano, el triste final del poeta, en plena juventud?…

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