Reflexión lunfarda: El Mono Murguero y el Carnaval.

La tradicional y popularizada celebración del carnaval, con todo su bagaje de fantasía, luminosidad, encanto, ritmo y colorido, hoy, nos trae, como curioso y atrayente personaje, a través de la voz y el sentir del lunfardo, la insólita figura del mono murguero, el cual, también se sumó, a estos simpáticos festejos, de las viejas carnestolendas, en honor del Dios Momo. Las viejas carnestolendas, cuyos lejanos orígenes, en nuestra ciudad de Chivilcoy, se remontan a las últimas décadas del siglo XIX, donde hubieron de alcanzar, una vasta y singular resonancia, por todas sus particulares características, su claro relieve y su espléndido brillo; convirtiéndose así, de ese modo, en un verdadero y glorioso emblema o símbolo, dentro de la anecdótica y rica historia vecinal, y los anales del ayer lugareño. Las viejas carnestolendas chivilcoyanas, en las que participaban, diferentes y numerosas comparsas, murgas, rondallas y agrupaciones, integradas por un importante número de componentes, con sus uniformes respectivos y sus distintos instrumentos. Las viejas carnestolendas, de nuestra ciudad, de la que aún perduran, los ecos musicales y el nostálgico recuerdo, de “Los Marinos del Plata”, “La Lira de Oro”, “Los Negros africanos”, “Los Negros candomberos”, “El Orfeón”, “Todos o ninguno”, “Los Chiripitifláuticos”, “Unión Pelotaris” y “Salimos como podemos”. Las viejas carnestolendas de Chivilcoy,  con sus ramos de flores y serpentinas; las máscaras; los disfraces; las caretas y antifaces; los palcos y, los carruajes y automóviles ornamentados por llamativas guirnaldas. Las viejas carnestolendas ciudadanas, en un típico y genuino clima festivo, con sus calles céntricas, colmadas de público, el largo desfile, los juegos de papel picado, y los bailes alusivos.

El Mono Murguero, por Carlos Armando Costanzo, fundador y director-organizador del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano, y miembro correspondiente, de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y la Academia Porteña del Lunfardo.

 Yo soy, el mono Pituco, fanfarrón y farolero, que hace pinta, en la comparsa, con su facha de murguero. Desde una selva mistonga, hasta este rioba, llegué… Tengo un kilo de pulenta, y un cuore de chimpancé. Nunca he sido un papafrita, ni me creo, un gran chantún, y la juego de cafiolo, piola viejo y pelandrún. Me gusta el ritmo diquero, y la garufa total; copándome siempre, al mango, la farra del carnaval. Me gustan, la cheno posta, la onda canchera, el color…, muchas luces, bien bananas, la matraca y el tambor. Me gusta ese movimiento, que no se borra, jamás; la canfinflera alegría, el bochinche y el compás… Yo la voy de vagoneta, – vidurria muy necesaria -, para olvidarme la mufa, el bajón y la malaria. Olvidar la mishiadura, – minga de morfi y buen vento -, esa guita, que no alcanza, los ajustes y el aumento… Olvidar tanta injusticia, que bancás, con amargura: El honrado, está en la lona, y fundido, quien labura. Olvidar la situación, de tanto chorro que afana, se chapa, la mosca loca, pero al final, no va en cana. Olvidar los farabutes, que se mandan la avivada, y una manga de atorrantes, engrupiendo a la gilada. Olvidar las tristes broncas, el doloroso egoísmo, y descubrir, muy garifo, un fangote de optimismo. Olvidar las divisiones, el rencor, la fulería, y sentirse, de repente, un debute y fiel gomía. Yo soy, el mono Pituco, murguero guapo y cabal, y aquí estoy, haciendo pinta, en un flor de carnaval.

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