Don Manuel Villarino: El auténtico y singular fundador, artífice y propulsor de Chivilcoy, y el diestro y notable autor, del simétrico trazado de nuestra ciudad.

La memorable y gloriosa figura, de Don Manuel Antonio del Carmen Villarino (1815-1868), el genuino y extraordinario fundador y artífice propulsor, de la creación de nuestra ciudad y, el avance y desarrollo progresista de Chivilcoy. Efectuó, el trazado del naciente pueblo, realizado en forma simétrica y armoniosa, de perfecto damero, que se aprobó, el 20 de julio de 1855. Fue un ejemplo cabal, de capacidad, acción ejecutiva, rectitud, humildad y admirable honradez; sin dudas, un gran ejemplo de vida, para las actuales y futuras generaciones chivilcoyanas.

El capítulo evocativo de hoy, lo dedicaremos a la justiciera y bien merecida recordación, de la caracterizada y brillante figura, de Don Manuel Villarino, el genuino fundador, artífice y propulsor, del desarrollo y el avance progresista, de nuestra ciudad, quien a través y a lo largo, de muchos años, de una fiel y sostenida labor, siempre supo distinguirse e identificarse, por su clara inteligencia, sus múltiples y ponderables inquietudes e iniciativas, y su luminosa visión de futuro; su exquisita y profunda sensibilidad espiritual; sus hondos principios y valores morales, de nobleza,  humildad, rectitud,  honradez y bondad; su sentido y manifiesto amor hacia los libros, la lectura y el estudio; su notable formación intelectual y cultural;  su ilustración,  provechosos conocimientos y anhelos de superación ; su temperamento fino y romántico y,  su pujante y extraordinaria capacidad de trabajo, acción y efectivas realizaciones, al entero servicio y en  total beneficio de Chivilcoy.

Don Manuel Antonio del Carmen Villarino – tales fueron, sus nombres completos -, nació en Buenos Aires, el 17 de junio de 1815, en el acaudalado hogar, de Don Francisco Villarino y Doña Teresa Fernández – ambos, españoles -, los cuales, poseían una apreciable fortuna, disfrutando de las amplias ventajas, de una sólida y desahogada situación económica. Durante los años y la etapa, de su niñez y su adolescencia, Don Manuel Villarino, transcurrió la existencia, en la Capital, y en una estancia paterna, ubicada en las costas de Samborombón, dentro del distrito bonaerense de Magdalena. En aquel agreste y desolado ambiente rural, con un corazón apasionado, lleno  de ensueños y de lirismo,  cultivó la música y la poesía, ejecutando en la guitarra, estilos, vidalas y tristes, y manifestándose en él, una personalidad solitaria,  una tendencia o inclinación casi mística y, un carácter melancólico, de actitud pensativa y reflexión meditativa.

A la edad de veintidós años, resolvió alejarse de “La Magdalena”, en búsqueda de la propia independencia, y gracias a sus bien ganados ahorros, hubo de adquirir, una significativa extensión de campo, en la zona geográfica de Azul, levantando allí, un establecimiento, de índole rural. Breve tiempo más tarde, en 1839, participó  en el frustrado movimiento insurgente, denominado “Revolución de los Libres del Sur”, contra el régimen gubernativo, de Don Juan Manuel de Rosas,  que se gestó en la ciudad de Dolores,  junto a Castelli, Crámer, Rico y Olmos, entre otros miembros integrantes. Fue ayudante del coronel Crámer, muerto heroicamente, en combate, y cayó, finalmente, prisionero; siendo trasladado a Buenos Aires, montado en un caballo “en pelo”, y sujeto mediante un “chaleco de cuero fresco”, que al ir secándose al sol, iba oprimiendo, de un modo brutal, al detenido. Su padre, Don Francisco Villarino, quien se desempeñaba como Juez de Paz y Comandante, de la ciudad de Chascomús, intercedió por su hijo, ante el Dr. Insiarte, ministro de Rosas y pariente político de éste, logrando la libertad de Manuel, que salvado de un fatal e inexorable degüello – todo un verdadero milagro -, hubo de exiliarse en la vecina Banda Oriental del Uruguay.

Allá, en Montevideo, Don Manuel Villarino, estableció una relación comercial, con el Dr. Rivera, efectuando el arriendo o alquiler de un saladero, donde procedió a la instalación, de una pujante y próspera industria jabonera, situada en la periferia de dicha ciudad. Pero a raíz del amenazante sitio del general Oribe a Montevideo, hacia el mes de febrero de 1843, debió Villarino, abandonar, de in mediato, el citado espacio, perdiendo en consecuencia, la jabonería y,  todo su capital dinerario. Radicado después, en el centro de la capital uruguaya, se hubo de incorporar como oficial, al grupo de la Legión Argentina, compuesto por hombres proscriptos, de nuestro país, refugiados en la Banda Oriental, y asimismo, obtuvo una  ocupación laboral, en el área del Ministerio de Gobierno. Además, en el plano sentimental, conoció, estableció un romance y contrajo matrimonio, con la señorita Mariana Sapido, una joven de patricia alcurnia o linaje, hija del coronel Sapido, soldado y prócer de la independencia, de la hermana República uruguaya. Un año más tarde, falleció su entrañable esposa, en el momento del parto, cuando nació su primer hijo Mariano, y en 1844, con la enorme congoja y el tremendo dolor, de la pérdida irremediable de la compañera, a pedido de sus progenitores, hubo de regresar a nuestro país.

Otra vez, en la Argentina, Don Manuel Villarino, comenzó a desempeñarse en un establecimiento de campo, de Don Pedro Capdevielle, y posteriormente, se relacionó con el adinerado y reconocido estanciero lugareño, Don Diego Whitte, quien le brindó su generoso apoyo económico; habilitándolo, mediante un capital, de unos sesenta mil pesos. Aquí, en nuestra zona geográfica, llevó a cabo, una serie de trabajos, de topografía, merced a sus sólidos y bien demostrados conocimientos, de matemáticas y agrimensura, y hacia el año 1852,  hubo de instalarse o afincarse, a orillas del río Salado, con una chacra y un local de comercio. Levantó, entonces, trabajando en forma exclusivamente personal, una firme y resistente casona, que poseía azoteas, aspilleras, zanjas y, un cañoncito de bronce, para poder defenderse, de los graves y peligrosos ataques, de los malones aborígenes. A la citada casona, la bautizó con el nombre de “La Azotea”.

Poco tiempo después, durante los años 1853 y 1854, intervino, entusiasta y activamente, junto a Don Federico Soarez y otros destacados pioneros, en las arduas gestiones y diligencias, para la auspiciosa creación del centro de población, y el 22 de octubre, de aquel mismo año, fue uno de los principales y sobresalientes protagonistas, de aquella histórica y gloriosa jornada; redactando el acta fundacional de Chivilcoy. Luego, efectuó los respectivos trabajos, del simétrico y armonioso trazado, de nuestra ciudad, en forma de damero, que fuera aprobado, por el Superior Gobierno de la provincia de Buenos Aires, con el informe favorable y el debido aval del “Departamento Topográfico”, el 20 de julio de 1855. Además, Don Manuel Villarino, fue Juez de Paz, de nuestro partido, hubo de presidir la Corporación Municipal – primer gobierno, de la comuna -, en 1861 y por su feliz iniciativa, en  la sesión de dicho cuerpo, el 6 de noviembre de 1866, se les asignó un nombre, a las futuras plazas y paseos públicos, de Chivilcoy.

El ingeniero Mauricio Birabent, en el capítulo II «Los Forjadores», de su libro «El pueblo de Sarmiento», refiriéndose a Don Manuel Villarino, señalaba: «Era noble, tolerante y bueno, y más especialmente, administró y construyó. Don Manuel Villarino puede, en verdad, llamarse «El constructor»; era el organizador nato; hombre de acción y de pensamiento; alma, espíritu y cabeza, admirablemente equilibrados».

También, por su capacidad intelectual, su voluntad tan laboriosa y hacedora, su noble y genuina tenacidad e importante trayectoria y, todos sus valores y admirables méritos personales, se lo promovió o postuló, para ocupar una banca de senador, en la Legislatura bonaerense. Pero Villarino, con la extraordinaria humildad y modestia, que lo distinguieron y caracterizaron, hubo de renunciar a dicho ofrecimiento. En una carta, que dirigió a su hijo Mariano, le escribía lo siguiente:  “Querido Mariano, la aceptación de la senaduría, por honroso que sea el puesto, importa para mí un  sacrificio de esfuerzos, de estudio y de dinero. De aceptarlo, tengo que residir seis meses del año en esa, y consagrarme a estudios pesados a mi edad; todo esto, demanda un gran  esfuerzo. No querría declinar el honor que se me hace, pero las otras consideraciones son de peso, y en definitiva, no acepto”.

Don Manuel Villarino, contrajo matrimonio, en segundas nupcias, con Doña Alejandra Pérez, y de esa unión, nacieron dos hijas: Antonia y Elena. Joven aún, falleció en Buenos Aires, a los 52 años de edad, el 25 de enero de 1868, víctima de una cruel y devastadora epidemia de cólera, y sus restos, inhumados con posterioridad, en La Recoleta, no lograron ser identificados, e infortunadamente, se perdieron… En el mes de agosto de 1872, se hubo de inaugurar, el primer Mercado Municipal, al que se le asignó la denominación de Don Manuel Villarino, y en el mes de noviembre de 1895, el Honorable Concejo Deliberante local, mediante ordenanza, bautizó a una de las principales cuatro avenidas de nuestra ciudad,  con su ilustre y perdurable nombre, que sin dudas, ha enaltecido y enorgullece, a todos los chivilcoyanos.

A Don Manuel Villarino, por el procurador Carlos Armando Costanzo, fundador y director – organizador del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano.

Hoy, lo veo, en nuestra historia, con su humildad y nobleza, sus virtudes y grandeza, su acción y su trayectoria. Y al descubrir su memoria, por las huellas del camino, de un modo claro y genuino, junto a la verde llanura, levanto así, la figura, y el nombre de Villarino.

 

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