El Día de los Enamorados y el Lunfardo

Cada 14 de febrero, en nuestro país y en diferentes naciones del mundo, se conmemoran el Día de los Enamorados, y la simpática y entrañable celebración religiosa, en honor y veneración de la figura de San Valentín, un auténtico y valeroso sacerdote, quien durante varios años, de una tenaz y sostenida prédica evangélica, hubo de llevar a cabo, su abnegado y admirable ministerio en la ciudad de Roma; difundiendo, de una manera ferviente y apasionada, los altos principios, los bellos valores morales y, las supremas verdades evangélicas. San Valentín, desarrolló su piadosa y ponderable labor, en los tan duros y dramáticos tiempos del emperador Claudio II y de las crueles e implacables persecuciones por parte del despótico y dictatorial Imperio Romano, que de un modo feroz y sangriento, combatía a los apóstoles, adeptos y seguidores de la palabra fraternal y sublime de Jesús, el Mesías Salvador o Redentor, el cual, pregonaba el sincero y profundo amor hacia el prójimo y los semejantes, los supremos ideales de justicia,  la amplia igualdad del género humano, ante un Dios padre y creador del universo,  el generoso perdón de los pecados, la gloriosa resurrección del alma, el azul paraíso de los buenos y, la bienaventurada y hermosa vida eterna. El joven sacerdote San Valentín, solía realizar en forma secreta – no obstante la estricta y categórica prohibición de las autoridades de la época -, distintas uniones matrimoniales, durante una ceremonia litúrgica, de acuerdo con el ritual del cristianismo, y al final, entregaba a las mujeres recién desposadas, una flor de color blanco, como un elocuente y expresivo símbolo o emblema de fidelidad conyugal y pureza espiritual. El emperador Claudio II, a raíz de que aquellos individuos casados, se negaban a intervenir, en condición de soldados, en las diferentes guerras y campañas de conquista del Imperio Romano, hubo de imponer entonces, la férrea y drástica prohibición de los matrimonios, y por esa razón, primordial y urgente,  ordenó el inmediato encarcelamiento de San Valentín. Ya en la prisión, el noble y valiente sacerdote, efectuó el gran milagro de posibilitar la maravillosa recuperación visual, de la hija de uno de los guardias de la cárcel, víctima de una ceguera, y tiempo más tarde – reincidiendo en su conducta -, fue nuevamente detenido, condenado a muerte y, decapitado, el 14 de febrero del año 270. En 1969, la Iglesia Católica, hubo de incorporar al santoral, la figura de San Valentín, el heroico y sacrificado mártir de la historia cristiana, que nos dejó un aleccionador y extraordinario ejemplo de entrega a Dios, al evangelio de Jesús, y a sus propios semejantes, con un claro y elevado sentido de amor fraterno, fe, esperanza, consuelo, actitud altruista y caritativa, y una abierta y total hermandad.

En nuestra ciudad de Chivilcoy, y en los ámbitos eclesiásticos de la parroquia del Carmen, durante la década de 1940, solía llevarse a cabo la festividad de San Valentín, cada 14 de febrero; habiéndose entronizado una imagen del santo, en el templo de la avenida Villarino. Dicha celebración, consistía en una misa cantada, con la intervención de un coro de niñas, de la congregación de Santa Marta, y posteriormente, una procesión de fieles, en torno a la plaza 9 de Julio.

Y el acento lírico del Lunfardo, nos dice ahora, en esta romántica composición alusiva, dedicada a mi esposa y compañera, Nélida Ester Dabi:

Yo sé bien que tu amor…, por Carlos Armando Costanzo, fundador y director – organizador del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano, y miembro correspondiente, de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y la Academia Porteña del Lunfardo.

Yo sé bien que tu amor, dulce y chipola, es un sol que me copa cada día; un vagón de pulenta y alegría, una clara esperanza, posta y piola. Es un tierno chamuyo – fiel parola -, una cálida y lunga compañía; una estrella debute que me guía, y una luz, que me llena la sabiola. Es un kilo de sueños y consuelo, la verdad, siempre lejos del camelo, una entrega profunda y remanyada… Y sin vos – fiera noche de vacío -, de repente, me vuelvo un chichipío, nada tiene sentido y no soy nada. Quiera Dios, que sigamos carburando, este amor, de onda flor y compartida, y así unidos, vayamos transitando, por las yecas del tiempo y de la Vida.

 

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