Reflexión lunfarda: Ay, Patria mía, en el país del más de lo mismo

La Argentina, dejó de ser un país de trabajo, progreso y bienestar, para la mayoría, y se transformó, en un país de especulación y negocios financieros, para exclusivo beneficio de unos pocos…

Hoy, también, como el insigne general Manuel Belgrano, podemos decir: “Ay, Patria mía”, por vivir en el país del “más de lo mismo”, donde no cambia nada, nunca pasa nada, todo queda en la nada, siempre se habla mucho de lo mismo, todos son iguales, todo da lo mismo y, todo termina siendo, “más de lo mismo”… “Ay, Patria mía”, porque, infortunadamente, triunfan los especuladores financieros, del suculento negocio lucrativo, la plata dulce, la guita fácil y el enriquecimiento rápido y exorbitante, y pierde, inexorablemente, la persona buena, honrada y laboriosa, que trabaja… “Ay, Patria mía”, por haber dejado de ser, la Nación del trabajo, las actividades productivas, el ascenso social, el progreso y el bienestar colectivo; para convertirnos, en el país de la timba bursátil, el beneficio gigantesco, de unos pocos y, la marginación y empobrecimiento económico, de la mayoría…

La tan patética y desgarradora expresión “Ay, Patria mía”, del abnegado y glorioso, general Manuel Belgrano, como sus últimas y estremecedoras palabras, llenas de profundo sentimiento, desazón, pesadumbre, dolor y desconsuelo, en el instante dramático y crucial de su muerte, y después de una cruel y penosa agonía, aquel gris y aciago martes, 20 de junio de 1820; constituye un tema y motivo, de honda reflexión y sincero análisis, por parte del Lunfardo. La sentida y conmovedora frase: “Ay, Patria mía”, que bien podría aplicarse – salvando la distancia y los momentos históricos -, a esta hora y, las actuales circunstancias temporales, de la República. “Ay, Patria mía”, por estar, en el seno y el contexto, de la sociedad y el país, del “más de lo mismo”, donde no cambia nada, nunca pasa nada, todo queda en la nada, siempre se habla mucho de lo mismo, todos son iguales, todo da lo mismo y, todo termina, inevitablemente siendo, “más de lo mismo…” La vibrante y emotiva expresión: “Ay, Patria mía”, por haber dejado de ser, el país del trabajo, las fecundas actividades productivas, el esfuerzo, el estudio, el impulso progresista, la educación, la enseñanza y, el hondo anhelo, de un porvenir promisorio y esperanzado; para transformarse, luego, en la triste y siniestra “patria financiera”, de las elevadas tasas de interés, la “timba bursátil”, las operaciones cambiarias y bancarias, la plata dulce, la “guita fácil”, el fuerte endeudamiento externo, el “vivir de arriba”, el enriquecimiento rápido, de sectores privilegiados, el duro proceso inflacionario, las pesarosas cargas, impositivas y tributarias  el empobrecimiento, del que trabaja, la recesión, la desocupación, la falta de poder adquisitivo y mercado interno, y los
enormes y suculentos negociados lucrativos, para beneficio del bolsillo, de unos pocos… “Ay, Patria mía”, por el triunfo de los especuladores, ambiciosos, egoístas e inescrupulosos, que piensan, solamente en ellos, y en su sideral y astronómico acrecentamiento económico; mientras pierden, las personas buenas, honradas y laboriosas, que trabajan… “Ay, Patria mía”, por la desmesurada riqueza y la opulencia, de los bribones, malandrines y oportunistas, que carecen de trayectoria y de auténticos y reales méritos, y nada le aportan al país y a la gente; mientras padecen, largas privaciones, estrechez y miseria, y muchas veces sufren, la grave quiebra o bancarrota, quienes trabajan, seria y honestamente, contribuyendo, de un modo anónimo y silencioso, a forjar y construir, la querida Nación, de cada día… “Ay, Patria mía”, por la marcada nivelación e igualación, hacia abajo, en materia educacional, lejos de los resultados positivos y alentadores, lejos del saber, la saludable ilustración y, el verdadero conocimiento… “Ay, Patria mía”, por el país, de la anticultura del “Facilismo”, donde todo se consigue sin trabajo, sin empeño, sin idoneidad y, sin esfuerzo alguno… “Ay, Patria mía”, por el país, trucho y berreta, atado con alambre; el país, de las promesas incumplidas, los chantas, buscones, chorros y farabutes, los curros, la improvisación, la frivolidad y la pavada, las pantallas y “cortinas de humo”, para “engrupir a los giles”, la fría mezquindad, sin actitud fraterna y generosa, el atroz individualismo, el “no te metás”, la falta de servicio y compromiso, y los flagelos de la injusticia y la peor corruptela… Debemos predicar y sembrar, con el testimonio de la buena conducta, y el ejemplo de nuestra vida, recuperando los principios éticos y los valores morales, humanos y espirituales; como además, la conciencia y la sagrada cultura del trabajo, el esfuerzo, el estudio, la educación y la enseñanza. No podemos aguardar resultados distintos, haciendo siempre lo mismo, y los hombres, al igual que los árboles, se conocen y aprecian, por sus propios frutos. El único sendero posible: “El camino de la Educación, la Honradez y el Trabajo.

Ay, Patria mía, por el procurador Carlos Armando Costanzo, fundador y director-organizador, del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano y miembro académico correspondiente, de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y la Academia Porteña del Lunfardo.

Ya no quiero batir: “Ay, Patria mía”, – como dijo, forfai, Manuel Belgrano -, por el lungo despiole y el afano, la matufia, el bajón, la fulería… Ay, mi Patria – chamuyo en este día -, por el chanta, fachero y soberano; el eterno camelo cotidiano, y el mistongo chabón, siempre en la vía… Ay, mi Patria, viviendo a la bartola, por el chorro, que nunca está en gayola, la injusticia y la falta de laburo… Ojalá, que en un tiempo sin malaria, haga pinta, una Patria solidaria, una Patria, de sueños y futuro.

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