Reflexión lunfarda: La Casa de la Independencia y el Congresal tucumano, en el país del más de lo mismo…

La imagen de la Patria, en una magnífica y singular ilustración, del gran pintor y maestro de las artes plásticas, Raúl Soldi, realizada en 1966.

Los ilustres y gloriosos Congresales tucumanos, de aquel 9 de julio de 1816, soñaron una Patria de Trabajo, educación, progreso y bienestar, para todos los argentinos; no, una Patria, mezquina y egoísta, para el beneficio lucrativo, de unos pocos privilegiados… Quiera Dios, que un porvenir no muy lejano, volvamos a ser, la Patria y el país, del Trabajo, las actividades productivas, el esfuerzo, el estudio, la educación, la enseñanza, el desarrollo y el progreso y, el bien común y el bienestar general, para las clases populares y la gente… Quiera Dios, que un futuro, no muy distante, dejemos atrás, la Patria y el país, de las especulaciones financieras, los negociados cambiarios y bursátiles, la plata dulce, el enorme endeudamiento externo, el enriquecimiento fácil, y la ganancia exclusiva, de un grupo minoritario, y el creciente y notorio empobrecimiento, de la mayoría… El país del más de lo mismo, donde inexorablemente, pierde y se perjudica, la persona buena, honrada y laboriosa, que trabaja… El único rumbo posible, es el camino DE LA EDUCACIÓN, LA HONESTIDAD Y EL TRABAJO.

La próxima conmemoración, del 202 aniversario, de la histórica y trascendente declaración, de la solemne y gloriosa Independencia Nacional, en la ciudad de San Miguel de Tucumán, aquel martes 9 de Julio de 1816; le ofrece, hoy, a la voz, recordativa y sentida del Lunfardo, la ocasión evocadora, más propicia, a fin de aproximarnos, a la típica e inconfundible imagen, de la pintoresca y querida “Casita de Tucumán”, y a la abnegada e ilustre figura, del acaso, ya olvidado congresal, que supo jurar, de un modo auténtico y fervoroso, nuestra emancipación argentina. La típica casona de Tucumán, un inmueble, de estilo colonial, con fachada de columnas, y unos treinta metros, de frente, que se construyó, a fines del siglo XVIII,  pertenecía, a la señora Francisca Bazán y Esteves de Laguna, quien hubo de cederla, para que se desarrollaran en ella, las respectivas sesiones, del Congreso General Constituyente; las cuales se iniciaron, el 24 de marzo de 1816. En 1874, el Poder Ejecutivo Nacional, adquirió la vetusta propiedad, que denotaba, un muy serio deterioro, desapareciendo entonces, el frente original. Luego, en los primeros años, del siglo XX, dicha casona, se demolió, en forma total, y sólo se conservó, la sala en la que hubo proclamarse la Independencia; protegiéndola, con un edificio, denominado “El Templete”. Con posterioridad, hacia el año 1941, la “Casa de Tucumán”, adquirió el rango de “Monumento Histórico Nacional”, y por una Ley de Reconstrucción, que sancionó el Congreso de la Nación, se llevaron a cabo, importantes trabajos de restauración, que estuvieron a cargo, del arquitecto Mario J. Buschiazzo. La citada obra, hubo de inaugurarse, oficialmente, el 24 de septiembre de 1943; en 1993, se refaccionaron los techos, del inmueble, y en 1996, las puertas y las ventanas de la casona, recobraron su color azul primitivo, como en los vibrantes y jubilosos días, de la Independencia. También, ahora, resurge, la figura del congresal tucumano, con su genuino y más profundo patriotismo, sus férreos e inquebrantables ideales y convicciones, su tan alto compromiso, su firme valentía, su entrega cabal y generosa y, su proyecto de una nueva Nación, libre, emancipada y soberana. Hoy, más que nunca, debemos recuperar, el aleccionador y verdadero ejemplo, del congresal tucumano, con sus principios y valores morales, patrióticos y humanos, su honradez, límpida y pura y, su admirable grandeza, de corazón y de espíritu. Hoy, más que nunca, necesitamos, al igual que en Julio de 1816, un proyecto y un modelo de país: El país del trabajo, la actividades productivas, la justicia, la solidaridad, el esfuerzo colectivo, el estudio, la educación, la enseñanza, el bien común y, el bienestar general, de los sectores populares y la gente; no, el país de las especulaciones financieras, los negociados cambiarios y bursátiles, la plata dulce, el Fondo Monetario Internacional y el endeudamiento externo, la inflación, la mentira y las promesas incumplidas, la marginación social y la miseria, el enriquecimiento fácil, de unos pocos privilegiados, y el notorio y penoso empobrecimiento, de la mayoría; un país, donde inexorablemente, siempre pierde y resulta perjudicada, la persona buena, honrada y laboriosa, que trabaja… El único rumbo posible: Un país, transitando el buen camino de la Educación, la Honradez y el Trabajo…

La Casita de Tucumán, por Carlos Armando Costanzo, fundador y director-organizador, del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano y miembro académico correspondiente, de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y la Academia Porteña del Lunfardo.

Yo soy, sabés, la posta y fiel Casita, que hace roncha, feliz y bien coqueta, con su lungo sentir, su linda jeta, y su pinta, que nunca se marchita… Llevo una pila de años, infinita, y un cacho del pasado, en la croqueta; le gente, me chamuya y me respeta, jamás tuve poder, lujos ni guita… Puedo batirles, casi de memoria, el Congreso pulenta – guapa historia -, el cuore de la Patria – criolla esencia -… Y aquí estoy, lo más pancha y muy gloriosa, porque en mí, de una forma jubilosa, floreció la debute Independencia.

El Congresal tucumano, por Carlos Armando Costanzo, fundador y director-organizador, del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano y miembro académico correspondiente, de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y la Academia Porteña del Lunfardo.

Yo soy, ese chabón guapo y genuino, del chipola Congreso tucumano, que llegó, hasta aquel rioba provinciano, por las huellas mistongas del camino. Carburé en la sesera, el gran destino, del país, macanudo y soberano, y lleno de honradez, sin un afano, la yugué, con espíritu argentino. En la sala cachuza, de onda piola, se escuchó, fervorosa, mi parola, chamuyando, de un modo decidido… Y hoy, es prócer, el chanta que hace historia, mientras yo, terminé de zanagoria, en la lona, el silencio y el olvido.

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