Reflexión lunfarda: La invasión de los mosquitos…

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mosquito-1La notoria y muy significativa invasión de mosquitos, que en plena etapa otoñal, viene asolando y castigando, de un modo brutal e implacable, a diferentes regiones geográficas del país, y a tantos azorados e indefensos habitantes, expuestos, de una manera clara y flagrante, a sus reiteradas e inevitables picaduras; le ofrece a la mistonga y canfinflera musa lunfarda, la oportunidad propicia, para cantarle, en forma alusiva, y reflexionar, seriamente, al respecto… El mosquito, constituye un insecto díptero, es decir, con dos alas membranosas y un aparato bucal chupador, que posee un cuerpo, de características cilíndricas, y patas largas y finas, y suele picar, de un modo frecuente, la piel del Hombre y, también, de los animales. Seguramente, el fenómeno meteorológico, de las inundaciones, en distintas zonas de la provincia de Buenos Aires, y de la República, promovió y favoreció, sin dudas, la extraordinaria multiplicación y el sideral desarrollo de este verdadero flagelo, que como una penosa calamidad pública, está molestando, afligiendo y mortificando, al humilde y anónimo ciudadano argentino. Ese ciudadano que, tenaz y silenciosamente, trabaja, se esfuerza y lucha, jornada tras jornada, para edificar y construir, nuestra patria grande, de cada día. Ese ciudadano bueno, honrado y laborioso, que debe sumar, la seria problemática de los mosquitos invasores, a sus graves y numerosas dificultades, complicaciones y adversidades, económicas, laborales y familiares. Ese ciudadano común, víctima inocente de las crisis financieras, los ajustes y recortes presupuestarios, los incrementos de precios y de tarifas, la desocupación, el desempleo, las desigualdades e injusticias, la imposibilidad de superación y ascenso, progreso y desarrollo y, la carencia de mejores y más auspiciosas oportunidades personales… Ese ciudadano común, en medio del contexto de una sociedad y de un país, del “más de lo mismo”, donde pierde, el individuo probo, decente y trabajador, consagrado por entero, a sus dignas y nobles actividades, y gana o triunfa, por otra parte, el arribista, el deshonesto y el inoperante, que “vive de arriba” y nada aporta, persiguiendo el beneficio dinerario, rápido y fácil; viola las leyes, delinque, se enriquece, y no tiene, fundamentalmente, ninguna trayectoria, valores morales ni auténticos méritos… Ese ciudadano, claro exponente de la modesta y decorosa clase obrera y trabajadora, en una sociedad y un país, donde son perdedores los hombres laboriosos, y ganadores, célebres y exitosos, los pillos, bribones y malandrines; donde por falta de un adecuado sistema de premios y castigos, imperan la impunidad y la corrupción, más evidente; donde se nivela siempre hacia abajo – especialmente, en el campo docente y educativo -, y donde se suele hablar, cada vez más, y trabajar, cada vez menos, con una superabundancia, de meras y vanas palabras, que después, no se reflejan y traducen, en hechos y resultados concretos, positivos y valederos, y en un genuino y merecido bienestar general, para el pueblo, la gente y nuestra sufrida ciudadanía…

Los mosquitos, por Carlos Armando Costanzo, fundador y director-organizador del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano, y miembro académico correspondiente de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y la Academia Porteña de Lunfardo.

Llegaron hasta el rioba, fachendosos, – gran invasión, pulenta y memorable -, con un montón de embales vigorosos, y un fangote de bronca inagotable… Llegaron, de movida, muy furiosos, volviéndose una plaga insoportable, y sin piedad, chapando a muchos cosos, dejaron una roncha inolvidable… Me dieron una biaba – así, senciyo -, verdugueándome, todo el apoliyo, metidos en la zapie y la catrera… Y haciendo pinta, piolas y cancheros, en unas pocas horas, bien fuleros, se coparon mi vida arrabalera. Después, vuelo razante y picadura, que se unieron a tanta mishiadura. Y yo, entonces, cansado de bancarlos, con el posta objetivo de rajarlos, una fogata armé – desgracia mía -, porque el humo, tal vez, los piantaría… Pero el fuego feroz – minga de fin -, me morfó, por completo, mi bulín.