Reflexión lunfarda: La persona de bien y su ejemplo moral, en la Argentina del siempre lo mismo…

La reflexión, cálida y franca, de la fecha, la destinaremos a reivindicar y exaltar la figura, de la persona de bien, buena, proba y honrada, que como un ciudadano común, acaso, anónimo y olvidado, con toda su laboriosidad, su esfuerzo, sus arduas luchas y, sus múltiples y penosos sacrificios, va forjando y construyendo, fiel y silenciosamente, la Patria nuestra de cada día. La persona de bien, decente y recta, que en todo momento y circunstancia, puede exhibir y mostrar, sus genuinas virtudes, su límpida honestidad y, su línea de conducta, firme e inquebrantable. La persona de bien, cordial y afectuosa, que sabe regalar una sonrisa espontánea y radiante, y un alentador y saludable mensaje de fe, optimismo, alegría y consuelo, al prójimo y a los demás. La persona de bien, sincera,  abierta y solidaria, que en trances difíciles y angustiosos, le tiende una mano amplia y fraterna, a cada uno de sus semejantes, con la auténtica generosidad, que lo distingue y caracteriza. La persona de bien, emprendedora, realizadora y hacedora, que prefiere y elige las obras, concretas y positivas, antes que las meras y vanas palabras y, las frívolas y estériles expresiones verbales, carentes de fundamento, esencia y contenido. La persona de bien, con su rico y ponderable bagaje de principios éticos, valores morales y espirituales y, su profunda y bella calidad humana, frente a los arribistas y oportunistas, los vulgares vendedores de imagen y los engañosos ilusionistas, los hipócritas y farsantes, los apáticos e indiferentes,  los egoístas y ambiciosos, los deshonestos y corruptos y, los repudiables elementos, nocivos, perniciosos y parasitarios, de nuestra sociedad actual. La persona de bien, con su corazón desinteresado y magnánimo, sus puños llenos de verdades, su hondo anhelo de igualdad y de justicia, su integridad, su nobleza interior, su recta conciencia y, su alma de luz, clara y transparente, en medio de la obscura atmósfera y el contexto, de la Argentina del siempre lo mismo, donde todo sigue como está, jamás cambia nada, nunca pasa nada, todo queda en la nada – la impunidad total y absoluta -, siempre se habla mucho de lo mismo, todo da lo mismo – el decente y honrado o el malandrín, el pillo y el deshonesto -, y todo termina, inexorablemente siendo, siempre lo mismo…; el país, trucho, berreta y careta, atado con alambre, en el que, hay gente que se ha hecho y se hace rica, de un modo ilícito, viviendo de arriba, sin trabajar, y contrariamente, por extraña y cruel paradoja, siempre pierde, se perjudica, su funde y se empobrece, el hombre honesto y laborioso, que trabaja… Hoy más que nunca, necesitamos el aleccionador y hermoso ejemplo moral, de la persona de bien; un ejemplo que nos dignifica y enaltece, impulsándonos y estimulándonos, para ser entonces, mejores argentinos: mucho más buenos, más honrados y más solidarios. Debemos predicar y sembrar, con el modelo o ejemplo de nuestras conductas y, el buen ejemplo de vida, recuperando los principios y valores, y la sagrada y entrañable cultura del trabajo. No podemos aguardar resultados distintos, haciendo siempre lo mismo; para que triunfe el mal, sólo se necesita que los buenos no hagan nada, a fin de impedirlo; en la vida, terminaremos cosechando, únicamente, lo que hemos sembrado, y los Hombres, al igual que los árboles, se conocen y aprecian por sus propios frutos. Sólo existe un  rumbo posible: Volver al promisorio y esperanzado camino de la educación, la honestidad, el trabajo, las actividades productivas, el crecimiento y el progreso.

Oración para el hombre de bien, por el procurador Carlos Armando Costanzo, fundador y director – organizador del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano, y miembro correspondiente, de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y la Academia Porteña del Lunfardo.

Yo quisiera, che, Dios, humildemente, con un sueño debute, en el balero, ser un tipo de bien, postay sincero, que se brinde, pulenta, ante la gente. Un chamuyo veraz, limpia la frente, un gesto humilde – minga de altanero -, y un flor de aguante, forte y duradero, que la sepa yugar, honradamente… Ser un tipo de bien, piola y ufano, lejos del macaneo y el afano, o el fulero egoísmo, tan rasposo… Y sin pensar en globos de colores, levantar la decencia y los valores, con un cuore fratelo y generoso. Porque cuando rajemos – lungo trecho -, de este mundo, de grupo y verdurita, nos llevamos, lo bueno que hemos hecho, y dejamos, las pilchas y las guita.

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