Reflexión lunfarda para el “Día de la Madre”: El recuerdo de mi vieja

Existe un recuerdo mayor que todos, que se anida en lo más profundo de nuestros corazones y nunca, nunca muere…

Existe un recuerdo cuya enorme intensidad emocional, invade y trasciende los límites y fronteras del ser humano, y llega a la esencia misma de cada uno de nosotros…

Existe un recuerdo fiel y entrañable, que jamás, jamás se borra del interior de nuestro espíritu, con su inmenso amor, sus cálidas palabras y sus imágenes y fotos más queridas…

Existe un  recuerdo dulce e indeleble, que como un suave y tierno bálsamo angelical y un claro y sereno remanso, de una manera sutil y fragante, nos da paz y silencio, y nos consuela, anima y alienta en momentos de incertidumbres, angustias, dolencias y pesares…

Existe un recuerdo salvador y milagroso, que llena el hondo e inconmensurable vacío del alma, y nos aleja de la adversidad, las aflicciones, la depresión, las congojas y la tristeza…

Existe un hermoso recuerdo, que logra vencer de pronto, los obscuros nubarrones de nostalgias y largas melancolías, y nos trae después la azulada transparencia de un cielo diáfano y apacible, con un sol de alegría y radiante optimismo…

Existe un constante y cariñoso recuerdo, que siempre nos acompaña de un modo firme e invariable, cuando nos sentimos solos, desmoralizados y abatidos, y necesitamos una fuerza superior que nos sostenga y nos guié por la difícil senda de la Vida…

Existe un recuerdo poderoso y sublime, que nunca se desdibuja ni apaga, y se eleva más allá de la muerte, la obscuridad y el implacable olvido…

¡Es el recuerdo eterno de la Madre!

El recuerdo de  mi vieja, por el procurador Carlos Armando Costanzo, fundador y director – organizador del Archivo Literario  Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano, y miembro correspondiente de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y la Academia Porteña del Lunfardo.

Siempre está en un rincón de la sesera y en mi cuore dulzón y emocionado; en las yecas que tanto ha caminado, en un yorno de otoño o primavera… Siempre está en la matina más fachera como un cacho de cielo iluminado; en un lungo chamuyo perfumado, en la cheno, de pinta bien diquera… Siempre está por las zapies de la casa, en un aire banana, cuando pasa, o en el rioba de ayer, donde me pierdo… Y al manyar la presencia de mi vieja, un pétalo de flor, mi mano deja junto al debute altar de su recuerdo.

 

 

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