Reflexión lunfarda: El sembrador, en el país del “Más de lo Mismo”

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Debemos sembrar y predicar, con el testimonio de nuestra conducta y el edificante ejemplo de nuestra vida. Un buen ejemplo, representa mucho más, que miles de palabras y expresiones verbales inconducentes. En el país y la sociedad, se habla cada vez más, pero se trabaja, se estudia, se esfuerza y se lucha, cada vez menos… Demasiados anuncios, debates, comunicados y promesas, sin resultados tangibles, concretos y valederos… Debemos recuperar los principios éticos y los valores morales, humanos, patrióticos y espirituales, como también, la conciencia colectiva, el hábito y la cultura del trabajo, el esfuerzo, el estudio, la educación y la enseñanza. El único camino posible, resulta ser, el sendero del trabajo el estudio y la formación educativa. No podemos esperar resultados distintos, haciendo siempre lo mismo… Los hombres, como los árboles, se conocen y aprecian por sus propios frutos.

La voz cálida y sentida, de la expresión lunfardesca, recuerda hoy, la figura, del noble y laborioso sembrador, quien a lo largo, de cada día de su existencia, con profunda vocación altruista, amor hacia el prójimo, firme voluntad realizadora y, una auténtica y admirable generosidad personal, va depositando su pequeña y fiel semilla de fe, ilusiones, optimismo y esperanza. El noble sembrador, que trabaja, lucha y se esfuerza, de una forma tenaz y abnegada, a través de los distintos actos y procederes de su vida; dejándonos, después, la valiosa simiente del buen consejo, la palabra consoladora, el ejemplo edificante y, la hermosa y aleccionadora enseñanza. El noble sembrador, que se brinda al prójimo y los semejantes, de una manera amplia y solidaria, reflejando así, su corazón magnánimo, su alma dulce y piadosa, y todo su espíritu caritativo. El noble sembrador, en medio del difícil contexto, de una sociedad contemporánea, donde infortunadamente, resultan perdedoras, aquellas personas buenas, honestas y trabajadoras, que siempre obran, con dedicación, sacrificio, rectitud y honradez; y por otra parte, son ganadores y exitosos, los que “viven de arriba”, carecen de trayectoria y de méritos, claros y genuinos, infringen las leyes y las normas legales, y se enriquecen, de un modo colosal y manifiesto… El noble sembrador, dentro del clima y la particular atmósfera, de un país actual, donde se suele hablar, cada vez más, y trabajar, cada vez menos, con múltiples debates, comunicados, anuncios, alocuciones y promesas; sin advertirse, tareas y acciones concretas, en favor de la ciudadanía y de la gente, ni resultados tangibles, positivos y valederos. El noble sembrador, frente a la realidad, del triste y obscuro “más de lo mismo”, donde “no cambia nada, nunca pasa nada, todo queda en la nada, todos son iguales, se habla mucho, siempre de lo mismo, todo da lo mismo y, todo termina siendo, inexorablemente, más de lo mismo”. Debemos, hoy, más que nunca, sembrar y predicar, con el testimonio de nuestra conducta, y el ejemplo o dechado de vida; recuperando los principios éticos y los valores morales, humanos, patrióticos y espirituales, y la conciencia, el hábito y la cultura del trabajo, el esfuerzo, el estudio, la educación y la enseñanza. El noble sembrador, con humildad, sencillez, hondura y sabiduría, nos señala que, el único sendero posible, para el desarrollo, el progreso y el engrandecimiento de las naciones y de los pueblos, es el camino del trabajo, el estudio y la formación educativa. De lo contrario, un país, no tiene futuro, ni tampoco destino, condenado sin dudas, al círculo vicioso del “más de lo mismo”, la miseria, la ignorancia, la frustración, el desengaño y el desamparo… Los hombres como los árboles, se conocen y aprecian por sus frutos, y al final,  se concluye cosechando, lo que en definitiva, uno sembró…

El sembrador, por Carlos Armando Costanzo, fundador y director-organizador del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano, y miembro académico correspondiente, de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y de la Academia Porteña del Lunfardo.

Cada yorno, che, ñato, yo quisiera, ser un fiel sembrador, que así, labura, y de un modo pulenta, la carbura, con un sueño mistongo en la piojera. Sembrador de parola verdadera, el amor más debute, la ternura; la honradez, frente a toda mishiadura, y el jotraba feliz, que hace bandera… Sembrador de valores y optimismo, la justicia y el posta patriotismo, la humildad, la onda piola y la enseñanza… Y sin curros, camelo o negro afano, ir sembrando, con cuore limpio y sano, un cachito…, un cachito de esperanza. Porque al fin, en la vida, che, gomía, –  te chamuyo mi espiche remanyado -, se cosecha, de jonca, día a día, todo aquello, sabés, que hemos sembrado.