Un legendario personaje chivilcoyano: Don Pedro Lapouble, laborioso labriego y heroico  soldado, en la campaña del desierto.

La página evocativa de la fecha, la dedicaremos a la particular recordación, de un legendario y ya olvidado personaje, de nuestra historia chivilcoyana, quien vivió, en esta fértil y apacible comarca, del oeste bonaerense, consagrado a diferentes labores y faenas, de índole agrícola, y hacia fines de la década de 1870, cuando tuvo forzosamente, que incorporarse, a las filas del ejército argentino, hubo de participar, como soldado expedicionario, en la memorable campaña del desierto, desarrollada en la región patagónica, de la República. De ascendencia francesa, se llamaba Pedro Lapouble, y durante su intervención, en dicha campaña militar, después de recibir, el respectivo adiestramiento y aprendizaje, aunque pocos lo imaginaran, se caracterizó y distinguió,  de un modo manifiesto y relevante, por su espíritu batallador y denodado, su intrépida lucha, su profundo y admirable coraje y, su auténtico y  verdadero heroísmo.

En las columnas del matutino “La Razón”, del sábado 22 de octubre de 1977 (Edición Nro. 20.804), encontramos, bajo el título “Un soldado arador”, una curiosa e interesante nota, acerca de la vida y la hazaña, de Pedro Lapouble, la cual, puntualizaba: “Era un hombre perteneciente a una antigua familia, de las que poblaron estos lugares antes de la fundación del pueblo. El patronímico trae reminiscencias galas. Hubo en sus comienzos, numerosos franceses radicados por estos pagos. Lapouble es el apellido, Pedro el nombre y el apodo “El Arador”. Y resulta que un día llegó la leva; había que guerrear contra el indio  y exterminar el malón. Lapouble se incorporó al ejército y desde ese momento estaba comprometido como los demás, en la campaña del desierto. Dicen que sus compañeros de armas dudaban de la capacidad para la lucha del chivilcoyano y en tono de burla y gesto socarrón, lo apodaron “El Arador”, puesto que provenía de un pueblo fundado en 1854, que vivía en plena paz, trabajando la tierra, sembrando el cereal y sin haber tenido jamás, contacto con la indiada… Lo asombroso del caso es que “El Arador”, aprendió con suma facilidad las artes y la técnica de la lucha, y pronto se destacó entre quienes lo habían considerado un flojo y poco dispuesto  para el combate… Por su valor y su coraje, por su habilidad de jinete, como también por la destreza en el manejo de las armas, alcanzó fama y prestigio en la tropa, a tal punto que varias veces fue citado en los partes, con la recomendación de ascenso, en el grado de cabo… “El Arador”, rechazó sistemáticamente la promoción, y continuó en la lucha con verdaderas hazañas, de las que se hacían eco sus compañeros. El mismo comandante de las tropas, requirió la presencia de “El Arador”, para que aceptara los galones, con los cuales de distinguía a un hombre tan valiente y tan dueño de sí mismo… El empeño y la mediación del general, no hicieron variar a aquel héroe del desierto, pues una vez más, se negó a aceptar el ascenso… Pero esta actitud, se evidenció de una manera que ha quedado en las viejas crónicas: “Yo peleo para agrandar las fronteras de la Patria, pero no soy soldado, mi general…  Soy simplemente “El Arador”, como me llaman mis compañeros”. Pasaron los días y los meses y cuando la guerra llegó a su fin, Pedro Lapouble, el heroico arador, regresó a Chivilcoy, sin uniforme y sin galones, pero luciendo en su vestimenta de paisano, sobre el lado izquierdo de su pecho, una medalla de oro”.

Por otra parte, en un llamativo suplemento literario, publicado por el diario “La Razón” de Chivilcoy, el sábado 20 de octubre de 1956, se reproduce un apasionante e ilustrativo relato, titulado “Dos medallas de oro (Historia de Pedro Lapouble, el chacarero soldado de Chivilcoy), el cual, pertenece a dos reconocidos autores argentinos: el escritor, poeta y dramaturgo, Roberto Valenti (1907 – 1958) y el escritor, poeta y  periodista, Manuel M, Alba (1905 – 1976). Allí, en la citada narración, se subraya que: “Y entonces, humildemente, sobre las barbas mismas del Río Negro, Pedro Lapouble dejó su uniforme de soldado, y sólo llevó con él una medalla de oro, que se le diera en premio a su coraje. Y se fue a Chivilcoy, tomó su arado y volvió a tajear los surcos. Pronto sus medallas fueron dos: la que le había dado su jefe y la que la tierra puso en sus manos, en la primera cosecha”.

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