La mejor regla, para saber quiénes son las personas:

Los Hombres, como los árboles, se conocen por sus propios frutos

Vivimos y transcurrimos, en el difícil y complejo momento actual, la etapa histórica, de un país y de una realidad, que muchas veces, nos confunde, desconcierta y desmoraliza… Una etapa de gran desorientación y extravío, discordias y permanentes antagonismos, que nos perturba, lastima y enceguece… Una etapa, donde suele carecerse, de principios, normas y valores,  auténtica y verdadera sabiduría, certera visión de las cosas, nítida claridad, en los conceptos y las ideas y, genuina capacidad para discernir, fundamentalmente, lo bueno de lo malo… Entonces, de una manera rápida y urgente, necesitamos una regla, un instrumento, una forma y, un método rápido, fiel e infalible, que nos permita conocer a las personas, más allá de sus dichos y afirmaciones verbales. Conocerlas bien, no por sus meras y vanas palabras, sus mentidos anuncios y sus ilusorias y engañosas promesas, sino por los hechos, tangibles y concretos. Conocerlas bien, no por su fachada o apariencia externa, de vulgares vendedores de imagen – pura careta, figuración, hipocresía y cartón pintado-, sino por las acciones y los efectivos resultados… Surge así, inmediatamente, la rectora y sublime enseñanza de Jesús, el Divino Maestro, manifestada en las profundas y bellas páginas del eterno Evangelio: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros, con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. Acaso, se recogen uvas de los espinos, o higos, de las zarzas. Todo árbol bueno, da frutos buenos, y todo árbol malo, da frutos malos. No puede el árbol bueno, dar frutos malos, ni el árbol malo, dar frutos buenos. Por sus frutos, los conoceréis”. Ese pues, debe ser, el sistema y, el único mecanismo capaz, para poder determinar, las auténticas cualidades, condiciones y virtudes, de un individuo. Más allá de lo exterior, lo frívolo y lo superfluo, que muchas veces, nos envuelve y nos embauca, con sus luces, su presunto encanto y su atractivo colorido, tenemos que encontrar y ponderar, con agudeza, profundidad y perspicacia, la esencia genuina y, la verdad – ante todo la verdad -, de cada persona.

    AL IGUAL QUE LOS ÁRBOLES…

AL igual que los árboles, nacemos,

al igual que los árboles, morimos.

Bajo un cielo de pájaros, crecemos,

y el paisaje del mundo, descubrimos.

A lo largo del tiempo, florecemos,

el amor o el dolor, siempre sentimos;

un camino de sueños, recorremos,

y un clara misión, también cumplimos…

Allí estamos, luchando en forma diaria,

con la firme entereza necesaria,

el impulso y la fe, nunca perdida…

Y al igual que los árboles, la gente,

llegará a conocernos, totalmente,

por los frutos que ha dado nuestra Vida.

 

Procurador Carlos Armando Costanzo, fundador y director del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano, y miembro correspondiente, de la Academia de Folklore de la Provincia de Buenos Aires y la Academia Porteña del Lunfardo.

El presente texto poético, de Carlos Armando Costanzo, ha sido musicalizado, especialmente, por el caracterizado y prestigioso médico cardiólogo y pianista, Dr. José María Eliceiri, autor de una sentida y bella melodía, que acompaña los versos del soneto, y que, ahora ofrecemos, a todos ustedes. Lo más importante, consiste en recordar, a manera de moraleja, esta magistral y admirable enseñanza: “LOS HOMBRES COMO LOS ÁRBOLES, SE CONOCEN POR SUS PROPIOS FRUTOS”. Lo demás…, lo demás, es palabrerío, espejito de colores y cartón pintado… Los Hombres, se conocen y valen, por sus principios, su conducta, su obra real y concreta y, sus verdaderos resultados.

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