El valeroso y legendario cacique Chivilcoy o Chivilco

La peculiar estampa, del intrépido y memorable cacique Chivilcoy o Chivilco -toda una auténtica y verdadera leyenda lugareña-, en la imagen pictórica de un óleo, del destacado artista plástico y docente, profesor Eduardo Cabella. Dicha obra, se titula: «El cacique Chivilco junto a su laguna».

La historia de un jefe aborigen, estrechamente vinculado al nombre de nuestra ciudad

Esta página evocativa, la dedicaremos a la recordación, de un intrépido y memorable cacique ranquel o pampa, – el famoso cacique Chivilcoy o Chivilco-,  que de acuerdo con algunas versiones, de carácter histórico, habría habitado, junto a su tribu, hostil y belicosa y, su amplia y típica  toldería, esta extensa y fértil zona geográfica del oeste de la provincia de Buenos Aires;  bautizando así, mediante su célebre y popularizado nombre, la región que ocupó durante varios años, y supo asolar, a través del violento ataque, de sus crueles y devastadores malones indígenas.

En el capítulo primero: “El nombre de Chivilcoy” – con los subtítulos: “La región de Chivilcoy, el origen del nombre, el cacique epónimo, etimología del vocablo y cómo pudo ser”-, del muy interesante y bello libro “El Pueblo de Sarmiento”, del caracterizado y prestigioso ingeniero Mauricio Birabent, – volumen editado, por vez primera, en el mes de octubre de 1938 -, acerca de una de las hipótesis, sobre la génesis del nombre, de nuestra ciudad, claramente subraya: “La más difundida versión, acaso por resultar las más simpática y la más sencilla, es la que explica el origen del nombre del lugar y del vocablo, en la presencia de un cacique pampa o ranquel, asentado con sus tolderías en el referido punto, y transmitiendo fielmente a la zona su apelativo pintoresco. Es la teoría que desarrolla el clásico tradicionalista Don Pastor S. Obligado, descendiente del primer gobernador de la provincia de Buenos Aires, en su conocida obra “Tradiciones Argentinas”. Obligado, en una narración histórica que titula “La lanza de Chivilcoy”, refiere las andanzas heroicas del cacique “Chivilcoy”, acampado en las costas del río Salado, “donde hoy, la ciudad de este nombre”. El temible lancero ranquelino, en sus mocedades habría sido un  eficaz colaborador de las tropas bisoñas de Liniers (1807), con tribuyendo, al frente de sus capitanejos y chusma, a la derrota de Beresford y sus “petos colorados”, que al son de pífanos y tambores, marchaban por segunda vez a lo largo de los traidores tembladerales de Quilmes, sobre el caserío de Buenos Aires indefenso. Pero ese antecedente favorable, no impide, dice Obligado, que el mismo valiente jefe se transforme más tarde en el azote de la región epónima. Cerca de allí, sobre el arroyo Saladas, a la altura de Navarro, en la estancia “El Talar” de los Almeira, donde fuera más tarde fusilado el desgraciado Dorrego, existía, a despecho del salvaje, un pequeño núcleo persistente de civilización blanca, parapetado detrás de anchos fosos coronados de cañones. Sobre ese puñado de valientes se echaron un día los ranqueles salteadores y rapiñeros, encabezados por su jefe Chivilcoy, la melena al viento y lanzando alaridos siniestros. Los criollos se defendieron bien;  al final, en combate singular con el cacique, dispersados los atacantes, Don Hipólito Almeira atraviesa el pecho de bronce del ranquel con su pesado sable”.

Asimismo, el ingeniero Mauricio Birabent, menciona un documentado y muy ilustrativo artículo: “Toponomástica bonaerense: Chivilcoy”, publicado hacia el año 1926, que pertenece al notable y prestigioso sacerdote e investigador, monseñor Pablo Cabrera, donde se cita a un cacique, del siglo XVI, de nombre “Pibisque”, que se transformó luego, en “Chivilque”, y finalmente, en “Chivilcoy”. El ingeniero Birabent,  puntualiza: “El breve estudio paleográfico y la atractiva tesis sostenida por el sabio sacerdote, monseñor Cabrera, merecen ser tenidas muy en cuenta. Sucesivos investigadores, han coincidido en principio con la curiosa observación de Cabrera, o sea que la P. de “Pibisque” no es tal sino Ch; de allí a Chivilcoy, no habrá más que un paso,  aparentemente fácil de franquear”.

Con respecto a la muerte del cacique Chivilcoy o Chivilco, en la estancia de Almeira, después de lanzar sobre dicho establecimiento rural, un brutal y virulento malón indígena, una vieja nota periodística, aparecida hace ya, largos años, de una manera minuciosa, remarcaba: “Era por entonces devastador de toda la comarca del Oeste, el terrible cacique, cuya toldería asentaba donde era la ciudad de este nombre. Inusitado ruido de armas, bien pronto llegó a oídos del cacique, acostumbrado a dormir con un ojo abierto y siempre atento, a los movimientos del campo. Orgulloso, el indómito pampa, de pasadas correrías, se alistó para el gran malón, que arrasando  “El Talar”, no quedara ni el nombre. El encuentro sobre el arroyo Saladas, fue sangriento. Ciego de ira, ante el puñado de valientes vecinos que salieron a enfrentarlo, Chivilcoy, con su numerosa indiada, se vino, lanza en ristre, sin dar tiempo a cargar las armas de los novatos, pero decididos defensores. A ojos cerrados, en gritería infernal, la melena al viento, seguían  aire de carga, hasta que tronó el cañón. Por más esfuerzos que hiciera Chivilco, en obtener el triunfo, no pudo llevarse por delante el grupo, a cuyo frente, avanzaba decidido, Don Juan Almeira, con sus dos hijos de ayudantes. Lanceado el caballo de uno de sus hijos, al desplomarse, cayó apretando al jinete. Viéndolo en tan crítica situación, atropelló Chivilco, tirando un lanzazo al caído. Logró zafar el joven Hipólito, y desviando su espada, la hundió hasta la empuñadura, en el pecho del cacique. Las chusmas se dispersaron, y perseguidas hasta sus tolderías, abandonaron el lugar. Esa sangrienta lección – finaliza la mencionada nota, de rememoración histórica -, impidió que se repitieran malones, en “El Talar”, de los Almeira”.

Décima al Cacique Chivilcoy, por el procurador Carlos Armando Costanzo, fundador y director – organizador del Archivo Literario Municipal y el Salón del Periodismo Chivilcoyano.

Aquí, evoco su figura, tan valiente y legendaria, con su fibra extraordinaria, su coraje y su bravura. Y en esta verde llanura, donde de pronto, ahora estoy, recuperando yo voy, su ya olvidada memoria, y revivo así, la historia, del cacique Chivilcoy.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *