La tremenda e implacable epidemia de cólera, que azotó a Chivilcoy, durante los meses de enero y febrero de 1868.

Se registraron  más de 1.141 víctimas fatales; muchas de ellas, inhumadas en el viejo Cementerio, de nuestra ciudad. Las normas, reglas y medidas sanitarias de la época.

La página evocativa de la fecha, la destinaremos a la sentida y especial recordación, de una muy grave y virulenta epidemia de cólera morbo, que de un modo horrendo e infausto, hubo de castigar y asolar a Chivilcoy, durante los meses de enero y febrero de 1868, con tristes y penosas consecuencias, para la población y el vecindario lugareño. Dicha epidemia, que a fines de 1867, había azotado a la ciudad de Buenos y a distintos lugares geográficos de la República Argentina, a principios del año siguiente, 1868, arribó a Chivilcoy, despertando y suscitando un amplio y estremecedor estado de pánico, en el seno de toda nuestra comunidad. El entonces Juez de Paz del Partido, Don Aparicio Islas, por iniciativa de algunas personas, resolvió convocar, de una manera urgente, a una reunión pública, en las instalaciones de la Casa Municipal, con el propósito de considerar, evaluar y adoptar una serie de medidas sanitarias, a fin de enfrentar  el terrible y devastador flagelo. Los vecinos que participaron en la citada reunión, dispusieron invitar a la Corporación Municipal, para que en una sesión extraordinaria, procediera a la designación de una Comisión de Salubridad Pública. La mencionada Comisión, como principal facultad, debía ejecutar todas las providencias y decisiones, que se estimaren convenientes, ante la implacable y desoladora epidemia. Asimismo, la Comisión podía efectuar todas las erogaciones económicas y gastos necesarios, inherentes a esa tarea; los cuales, serían sufragados y abonados por la propia Tesorería de la comuna. Inmediatamente, se realizó una rápida sesión de la Corporación Municipal, constituyéndose la respectiva Comisión de Salubridad Pública, que hubo de presidir Don Federico Soarez, hallándose integrada por Maximiliano Pacheco y Obes, Cirilo Laredo, Francisco Castagnino, Esteban Ojeda, Eduardo Benítez, Francisco Grindon, Manuel Villarino, José María Barsoba y Carlos Augusto Fajardo. Además, La Corporación Municipal, decidió la conformación  de varias comisiones auxiliares, nombrándose así, a sus correspondientes miembros. Por otra parte, se habilitaron cuatro Lazaretos, para la debida asistencia de mujeres y varones, que padecieran la cruel patología y los impiadosos efectos de la maligna epidemia. Los dos médicos, que en aquel momento, se encontraban en Chivilcoy; los Dres. Moreno y Egea, hubieron de expresar su drástica y terminante negativa, para asistir a los enfermos de cólera, y se alejaron intempestivamente, del pueblo, al igual que el Dr. Mattos; abandonando nuestra zona, en una etapa crítica, del brutal flagelo. A raíz de ello, la Comisión de Salubridad Pública, requirió los servicios, del Dr. Juan Bautista Gagliardino, sumándose con posterioridad, los Dres. Bartolomé Schinelli y Victorio Pontgratz, que ante la compleja y difícil situación planteada, fueron enviados por la provincia de Buenos Aires; desempeñándose con una alta cuota de abnegación, profundo espíritu humanitario y ejemplar altruismo, en la ardua y tesonera lucha contra la indómita y renuente epidemia. La mencionada enfermedad, se extendió y propagó, de una forma vasta y alarmante, en el pueblo propiamente dicho, y en los diferentes Cuarteles de campaña, y frente al avance del mal, la Comisión de Salubridad Pública, solicitó distintas donaciones al vecindario, y hubo de distribuir botiquines de medicamentos, en la zona rural del distrito. Junto a la Comisión Central, desarrollaron su labor de índole asistencial, unas ocho comisiones auxiliares, y en lo que respecta a los recursos, se recibió la ayuda dineraria y el apoyo del gobierno de la provincia de Buenos Aires. Hubo que lamentar los fallecimientos, del ilustre fundador, “alma mater” y propulsor de Chivilcoy, Don Manuel Antonio del Carmen Villarino, quien dejó de existir en Buenos Aires, a los 52 años de edad, el 25 de enero de 1868 (Había nacido, también, en Buenos Aires, el 17 de junio de 1815), y de Don Maximiliano Pacheco y Obes, el cual murió el día 31 de enero de 1868. Ambos, fueron víctimas heroicas y gloriosas, que sacrificaron sus vidas, combatiendo la epidemia. También, falleció un hijo, del ya citado Maximiliano Pacheco y Obes, acrecentando entonces, la tan dramática y enorme desgracia familiar.

El domingo 1 de febrero de 1948, en las columnas del matutino La Razón de nuestra ciudad, hubo de publicarse una muy interesante e ilustrativa crónica, titulada “El cólera en Chivilcoy”, pormenorizada, medulosa y excelente investigación, del caracterizado y prestigioso historiador, poeta y escritor chivilcoyano, Dr. Wellington F. Zerda (1896 – 1950). La citada crónica, conformaba uno de los capítulos, del libro inédito, del Dr. Zerda: “Historia de Chivilcoy 1845 – 1935”, que fuera premiado y galardonado en el Tercer Congreso de Histórica y Geografía de América, que se llevó a cabo en Buenos Aires, en 1936. El sumario, del mencionado trabajo, comprendía los siguientes asuntos y temas: “Pánico en la población – Se constituye la Comisión de Salubridad Pública formada por vecinos designados por la Municipalidad – Formación de ocho comisiones auxiliares y establecimiento de cuatro Lazaretos – Insólita actitud de tres médicos – Llegada de facultativos de la Capital – Miembros de la Comisión de Salubridad dirigen a las Comisiones auxiliares – Solicitudes y sugerencias del Juez de Paz – Donativos del vecindario para combatir al flagelo – Botiquines para la campaña – Disolución de las Comisiones auxiliares – Fallecimiento de los miembros de la Comisión de Salubridad, Maximiliano Pacheco y Obes y Manuel Villarino – Actos de abnegación – Se gratifica a los médicos – Inventarios y balances relacionados con la epidemia – Estadísticas de las defunciones causadas por el cólera – Sugerencias de la Comisión de Salubridad al concluir su cometido – Agradecimiento de la Municipalidad a los vecinos integrantes de dicha Comisión – Juana Manso comunica a Sarmiento algunos datos sobre la epidemia”.

El Dr. Wellington F. Zerda, refiriéndose a las órdenes o instrucciones, impartidas por la Comisión Central de Salubridad Pública a las ocho comisiones auxiliares, puntualizaba: “Inspeccionar diariamente la parte del Cuartel a su cargo, ordenando la desinfección de los lugares que lo requirieran; con obligación, de los vecinos, de comunicar todo caso de epidemia que ocurriera en sus respectivas casas. Avisar a la Comisión Central todo suceso alarmante, y pedir los remedios y objetos necesarios, debiendo al respecto remitirle dos partes diarios como mínimo. Comunicar inmediatamente a la Comisión Central las defunciones ocurridas entre los enfermos, agregando sus nombres y la edad aproximada, especificando la enfermedad causante de su fallecimiento. Hacer que sin dilación fueran sepultados los cadáveres, valiéndose previamente de una orden para el sepulturero otorgada por la Comisión Central. Hacer quemar, en su presencia la cama y ropas de los coléricos que murieran. Hacer echar una capa gruesa de cal en las excavaciones y pozos, para desinfectarlos, y encima tierra hasta nivelar el terreno. Marcar con un gallardete amarillo el punto de la Sección a su cargo donde debían concurrir los que necesitasen sus servicios, quedando establecida permanentemente en la Casa Municipal la Comisión Central de Salubridad Pública”.

El Dr. Zerda, subrayaba, asimismo, que: “La Comisión Central de Salubridad Pública, pidió al Juez de Paz dos comisarios y seis policías a caballo, para enviar y hacer cumplir sus órdenes, siendo sólo posible proporcionarle los dos primeros y dos de los segundos. Los cargos de comisarios fueron conferidos a Gabriel Ortega, que se retiró a los cincos días por hallarse enfermo, y Eduardo de Esterhazi, quien prestó servicios de importancia”.

En otro párrafo de la mencionada crónica evocativa, el Dr. Wellington F. Zerda, señalaba que: “Consta en la memoria de la Comisión Central la abnegación demostrada, especialmente: por el Cura Párroco Reverendo Padre Manuel Badano, y su teniente, Reverendo Padre Francisco Javier Aquabella, que cumplieron a toda hora su ministerio: por los Dres. Pontgratz, Schinelli y Gagliardino, a quienes aquélla agradeció  mediante notas elocuentes sus servicios médicos; por el Sr. Luis Elordi y los jefes de la Estación ferroviaria de Chivilcoy, quienes con la mejor buena voluntad lo ayudaron, satisfaciendo puntualmente, el primero, mediante el telégrafo, todo lo que ella le solicitara; y por los Sres. José Antonio Inda, comerciante de la localidad, que donó todos los efectos tomados en su casa por la Comisión; Adolfo Schramun y Pedro Bernatet, en sus puestos de ecónomos, los farmacéuticos Francisco Viñas y Felipe Bonnell, cuyas boticas fueron bien provistas y servidas de manera eficiente; David Henderson, víctima del cólera, cuya familia quedó pobre y desamparada, quien proporcionó a esta Comisión todos los oficiales de su carpintería, para la construcción de cajones por cuenta de la misma, sin  exigir ninguna paga; José Cardoso, y Tomás y Cayetano Mercado. También consideraba justiciero, solicitar la consideración pública, para el comportamiento del alcalde Basilio Torres, que a su juicio debiera servir de ejemplo a los demás funcionarios públicos, si por desgracia sobrevinieran calamidades como la que hemos sufrido. Recomendaba, además, la conducta del Comisario Eduardo de Esterhazi, en virtud de merecer mención especial por haber expuesto con frecuencia su vida al cumplir, con perseverancia y actividad no comunes, los trabajos que se le confiaron; y al empleado de la Sucursal del Banco de la Provincia de Buenos Aires, Carlos E. Soto, por haber sido el primero en entrar a un rancho, donde encajonó con sus propias manos el cadáver de un colérico abandonado hacía tres días. A ello agrega la mencionada Memoria: Siente la Comisión dejaren silencio las buenas acciones ejercidas en el seno de las familias, pero debe limitarse exclusivamente a aquellas de que pueda dar un testimonio ocular. Por otra parte, la Comisión de Salubridad Pública silenció, por modestia, la abnegación de sus miembros sobrevivientes, a los cuales el vecindario recordaría siempre con admirado agradecimiento”.

Con respecto a los fallecimientos de los enfermos de cólera, el Dr. Zerda remarcaba que: “ El total de defunciones consignadas, asciende a 1.141, cifra a la que deben agregarse algunas víctimas más, de seguro producidas durante varios días después, cantidad elevada para la población del Partido de Chivilcoy, que en el año siguiente, según el Censo Nacional de 1869, tenía 14.232 habitantes, de los cuales, 6.338 vivían en el Pueblo”.

También, el Dr. Zerda, detallaba las distintas indicaciones, proporcionadas por la Comisión Central de Salubridad Pública: “A los primeros síntomas del contagio en la Provincia, debiérase imprimir y circular en el Partido, con claridad y concisión, las prescripciones higiénicas más esenciales y los medicamentos reputados más eficaces por el Consejo de Higiene, y hacer que se provean de ellos las boticas de este pueblo; siendo constatado por una dolorosa experiencia que los casos desgraciados ocurren casi siempre por el descuido de los primeros síntomas de la enfermedad  a que tanto contribuye la absoluta ignorancia de aquellas prescripciones. Llegado el contagio, establecer lazaretos fuera del pueblo y prohibir absolutamente la asistencia de personas desvalidas en casas particulares. La asistencia de éstas, por las Comisiones de Salubridad se hace de este modo más eficaz y fácil. En la campaña prescribir la inhumación de los cadáveres allí donde ocurra la defunción, evitándose así la conducción tan perjudicial al cementerio del pueblo. Designar desde ya un nuevo cementerio en el ángulo sur de las quintas, y no permitir inhumaciones en el actual desde que funcione el otro. Luego, la citada Memoria, recordó el considerable número de huérfanos existente a causa de la epidemia, pidiendo que las autoridades les dieran una educación esmerada; finalizando con los siguientes votos: Qué el calor del amor y de la justicia vivifique siempre nuestros corazones y que los rayos del sol reanimen la vegetación y purifiquen la atmósfera de este país, volviéndole su primitiva salubridad y lozanía”. El Dr. Zerda, enumeraba además, a los firmantes del mencionado documento: Federico Soarez, presidente; Eduardo Benítez, Cirilo Laredo, Francisco Castagnino, Francisco Grindon, Esteban Ojeda, Carlos A. Fajardo, Secretario, y Luis Salvadores, Secretario”.

Las víctimas de la mortífera epidemia de cólera morbo, fueron inhumados en el viejo y siempre recordado Cementerio Viejo de Chivilcoy, ubicado en el sector geográfico de la actual avenida 22 de Octubre, la Escuela primaria Nro. 33 “Dr. José León Suárez”, el Centro Médico del Barrio del Pito “Dr. Daniel Emilio Pastorino” y el Complejo Asistencial y Recreativo “Atilio Luis Maradei”. Dicho Cementerio, se había construido en 1865, por una iniciativa de la Corporación Municipal, bajo la presidencia de Don Federico Soarez, y en la mencionada obra, se invirtió la suma de 24.000 pesos. Dicha necrópolis, contaba con sepulturas en tierra, panteones de nichos y, bóvedas familiares. Los cadáveres de los enfermos coléricos, se depositaron en una fosa común, ubicada en el “costado norte”, de aquel Cementerio Viejo, el cual, cesó en su funcionamiento, al llevarse a cabo la inauguración oficial, del actual Cementerio Municipal, de nuestra ciudad, el 6 de noviembre de 1893. Las ruinas del Cementerio Viejo, hubieron de permanecer, a lo largo de más de cuarenta años, desapareciendo, finalmente, hacia 1932, durante el gobierno comunal de Don Rafael Juan Falabella.

La ilustre pedagoga, escritora, historiadora y dramaturga argentina, Juana Paula Manso (1819 – 1875), fundadora de la primera Biblioteca Pública, de Chivilcoy, el 10 de noviembre de 1866, le remitió una carta a Don Domingo Faustino Sarmiento, donde lo informaba que: “Chivilcoy fue invadido por el flagelo, de tres a cinco docenas diarias de muertos. Perdimos a Villarino, el apoyo de la educación de Chivilcoy”.

En tanto, el caracterizado y prestigioso historiador local, ingeniero Mauricio Birabent, en el capítulo X “Edad de oro Chivilcoyana”, de su ponderable y hermoso libro “El Pueblo de Sarmiento”, editado por vez primera, en octubre de 1938, expresaba: “Ese mismo año, 1868, como una compensación de la suerte, el pueblo es azotado nuevamente en su vecindario por el cólera, terrible mal que ha diezmado el solar porteño. A pesar de todas las precauciones, se difunde entre la población, transformándola en un vasto hospital. Todos los hogares tienen que llorar algún duelo; tiernos niños, madres, imprescindibles jefes de familia, jóvenes y ancianos, sucumben sin selección y sin medida, en medio de la consternación general. Los encargados de transportar los cadáveres y los sepultureros no dan abasto en su fúnebre tarea; hay días de hasta veinte defunciones, porciento enorme para la reducida población. En Buenos Aires, donde se hallaba en esos momentos, enferma y muere, víctima de la epidemia, Don Manuel Villarino. El vecindario, preocupado con su propia suerte, al conocer la triste nueva, acusa y exterioriza, sin embargo, un hondo dolor. Es una significativa pérdida para esta sociedad nacida al calor de su energía y de su espíritu. Con él se marcha un poco más de ese pasado heroico que el pueblo, ya con pretensiones de ciudad, recuerda todavía con orgullo. La Corporación Municipal rinde los honores debido a su rango de funcionario y fundador del pueblo, disponiendo  se le envíe una expresiva carta de condolencia a los deudos y ordenando la confección de un gran cuadro al óleo con el busto del extinto. Se proyecta también designar con el nombre de Manuel Villarino la actual plaza “25 de Mayo”, teatro de su noble gesto de fundador. Por muchos años, Chivilcoy sentirá la desaparición prematura de ese esclarecido hijo”.

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